Este nombre representa casi todo lo que se podría pensar acerca de la nulidad ofrecida por el cambio de tecnología analógica a digital, así como la superficialidad/profundidad del acto fotográfico.
Nacido en 1926 y egresado de la Academia de Artes de Praga, a partir del 24 de febrero de 1948, cuando el gobierno socialista derroca el gobierno demócrata de la República Checa, Miroslav Tichý se convierte en uno de los muchos sospechosos según el aparato soviético, ya que el entonces pintor, ajeno a simpatías de partido y movimientos de corte social, sólo se interesaba en su producción e independencia.
Fue arrestado bajo sospecha de agitación y posible traición al Estado, para pasar quince años encarcelado e interno en instituciones psiquiátricas.
Una vez demostrado que se trataba de un artista sin adhesiones políticas peligrosas, fue liberado bajo una sola condición: no debía pintar un solo lienzo.
Ya en la década de los 60, libre y reubicado en Kyjov, su pueblo natal, decide hacer una transición de disciplina: sustituye pincel por objetivo fotográfico. No obstante, bajo la constante vigilancia del socialismo, efectúa este cambio de la manera más sutil y conmovedora.
En plena marginalidad, viviendo como indigente, construye sus cámaras con desperdicios: latas de tomates, lentes abandonados, pedacería de cartón aglomerado, así como material fotográfico que elaboró por cuenta propia, gracias a que conocía la química del laboratorio fotográfico
Haciendo gala de una voluntad indomable, se forja el hábito de tomar 100 fotografías diarias en su errar por las calles de Kyjov, hasta que aparece el tema favorito de su obra: las mujeres. Todas y cada una de las que nunca mirarían al loco, el paria del Estado, apuntándoles con el artificio de una cámara en apariencia inservible.
Así, Tichý construye desde la soledad una obra cuyo personaje central es el erotismo de la mujer checa, indiferente, ignorante de la mirada que le atrapa, ajena a su propia voluptuosidad.
Tomada la decisión, Tichý trabajó de esta forma durante 30 años, en la vena de la más pura austeridad y vigor artístico, pero solo y sin reconocimiento hasta la intervención de Roman Buxbaum.
Psiquiatra y allegado de Tichý, supo del proceso de este artista, ya que su familia lo conocía de tiempo atrás, pero cuando entró en contacto con su obra, decide retirar de él la burla colectiva del viejo loco repleto de fotografías, cuya cultura se había desentendido del todo del medio ambiente.
Un poco a regañadientes, Tichý accede a que Buxbaum proponga la exposición de su obra, misma a la que Tichý tampoco da suficiente importancia, razón por la que Buxbaum recoge con mayor libertad el corpus fotográfico, pues Tichý se considera a sí mismo pintor mientras las imágenes que toma son mero resultado secundario, accesorio de lo primero.
Buxbaum se dirige a Zurich para presentar las fotografías y, a partir del 2004, la obra de Tichý pasa consecutivamente de una exhibición a otra: la bienal de Sevilla en el 2004, la Nolan/Eckman Gallery de Nueva York, la Kunsthaus de Zurich, Arndt de Berlín y, hasta la fecha, sus exposiciones siguen circulando.

Envejecido, con dos documentales en torno a su persona ( Tarzan in Pension, Buxbaum; Worldstar, Nataša von Kopp, 2007) y ante el asombro de los nativos de Kyjov, quienes no se explican cómo es posible que las fotografías de la burla local se consideren arte —algunas de dichas fotos cotizadas entre 4,000 y 8,000 euros—, Tichý responde: “No soy pintor, fotógrafo ni filósofo: soy un Tarzán retirado.”
Para todos los interesados en el seguimiento de la obra de Tichý, el siguiente vínculo lleva a la página del autor.































